Me parece a mí, o en las comedias románticas de ahora es mejor ser viudo que soltero?
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sábado, 22 de enero de 2011
Más vale malo conocido
Me parece a mí, o en las comedias románticas de ahora es mejor ser viudo que soltero?
Lo que aprendí de los dibus
viernes, 21 de enero de 2011
Repatríe una chapulina
Sé que a los mexicanos le molesta que se los relacione siempre con el chavo y el chapulín, pero yo estoy a favor de los estereotipos (nos ahorran ponernos a pensar)
Con motivo del Casamiento del compañero De Paula, y dada la distancia física que la separa de la fiesta en cuestión, la dirección de “Agarrame gitano que me caigo” se complace en anunciar el comienzo de la “Campaña pro viaje de Noni al casamiento de BYYY”. En fechas a confirmar les estaremos notificando el número de cuenta donde pueden dejar sus contribuciones. Fin del comunicado.
Después de este anuncio de interés casi privado, “Agarrame gitano que me caigo” vuelve a su contenido habitual (vacuo, pretencioso, bah…mediocre en líneas generales). Saludos cordiales.
martes, 18 de enero de 2011
Yamilaquai
Yo pensé que con Cosmic Girl se refería a otra cosa…
Cuándo ya no podés tener más glamour, ni ser más cool… tenés que probar cosas nuevas… tenés que llamar a tu hermana.
Bienvenida Yamilaquai a la Argentina
lunes, 17 de enero de 2011
¿Paco?…¿Para qué?
Ahora dicen que las cuestiones de género se resolverían en el barrio de Once.
Las cuestiones de género son, indudablemente, uno de los aspectos más interesantes para ser discutidas por nuestras sociedades. No creo que sea este el lugar para expedirme sobre este asunto, aunque me gustaría detenerme un segundo sobre una de sus características más superficiales: ¿cómo se determina que ciertos productos son para consumo masculino y otros femeninos?
En primer lugar, algunos productos se encuentran de alguna manera restringidos a los hombres (como aquél producto que se encendía cuando se apagaba la luz) y otros para mujeres (como aquél producto que les permitía andar a caballo, meterse en la pileta, escalar el Everest y vaya a saber que otras cosas más (?) En otros casos, responden a cuestiones culturales pura y exclusivamente. Las publicidades de jabón en polvo siguen siendo dirigidas a las mujeres, pese a que cada vez somos más los varones que lavamos nuestras ropas; sin tomar en consideración la cantidad de mujeres que gustan de beber cerveza, la publicidad de bebidas alcohólicas siguen siendo dirigidas a los hombres. Curiosamente las sociedades cambian más rápidamente que sus creativos.
Sin embargo, el aspecto que más me interesa detallar son aquellos casos en los que la decisión es absolutamente arbitraria; particularmente en el caso de los perfumes. ¿Cómo se determina qué fragancias son masculinas y cuáles femeninas? Podemos intentar dar una explicación, pero la verdad es que no hay nada racional que podamos decir a priori. ¿Por qué algunos perfumes son de verano y otros de invierno? Son dudas que, les juro, no me dejan dormir en las noches(?). Pero seamos buenos con los pobres tipos que tienen que vender los perfumes. Querer vender un aroma mediante un medio que está restringido a lo audiovisual debe ser un trabajo frustrante. Por eso las publicidades de perfumes son ininteligibles para el común de los mortales. Un verdadero pelotazo. Es que hasta la propaganda de la colonia Pibes que concluía con el conocido: “Yo cortar torta” era malísima. Pero el arduo trabajo de querer venderle una colonia (?) a un niño es una discusión en sí misma y la dejamos para otro momento. Yo sólo espero que me regalen un autito.
martes, 28 de diciembre de 2010
La ola de Flavia (?)
Graham Greene: ahora dicen que sería el autor favorito de Diego Torres.
Creo que todos, en algún u otro momento de su vida ha sentido esas alegrías enormes que nos llenan el alma y nos hacen sentir como si fuéramos nuevamente niños. Esos momentos en que no sabemos si reírnos o llorar; esos momentos en que las palabras no alcanzan para expresar lo que sentimos y nos vemos en la necesidad de abrazarnos con la gente que tenemos alrededor. No me refiero a la felicidad, que sin lugar a dudas es un estado más permanente, sino en esos momentos gloriosos que nos suceden de vez en cuando. El amor, un nacimiento, un gesto desinteresado, son algunos de los disparadores de la alegría, pero también pueden serlo cuestiones mucho más triviales, como un golpe de suerte, un día de sol o un asiento libre en el colectivo (?)
En mi caso, la primera vez que recuerdo haber sentido esa sensación fue cuando tenía unos siete años y mi viejo nos llevó, a mi hermano (que tendría unos nueve años) y a mí a ver un partido de Boca. Como somos de Pergamino aprovechamos un fin de semana en que visitamos Buenos Aires, para comenzar una campaña para que nos llevaran a La Bombonera. Ahora bien, permítanme una pequeña digresión. Todo el mundo sabe que el fútbol constituye el lubricante social por excelencia para los varones argentinos, en reñida disputa con el alcohol. Pero lo cierto es que cuando uno es un niño, el alcohol tiene las de perder. Por lo tanto, en las tiernas edades de la primera escolarización, saber cómo forman los equipos que integran el campeonato de primera división se transforma de una cuestión trivial en la puerta de acceso a un grupo de amigos, especialmente cuando uno no se encuentra dotado para la práctica de dicho juego. Por supuesto,que la potencia del fútbol como proveedor de identidad comienza prontamente a erosionarse. El primer golpe, y tal vez el fundamental, lo otorga la aparición de las mujeres en las vidas de estos, adolescentes entusiastas de la número cinco (?). Por alguna razón, las chicas son absolutamente impermeables a los conocimientos futbolísticos y sus intereses parecen extenderse a cuestiones más concretas que saber el nombre del arquero suplente del Loco Gatti en la campaña 86-87 (si la memoria no me falla era Julio Cesar Balerio). Comienza entonces un período de reeducación de los adolescentes, que nada tiene que envidiarle a los “tratamientos” soviéticos, que nos permite relacionarnos con la otra mitad de la humanidad. Es por esa razón que alrededor de los quince o dieciséis años dejamos de interesarnos pasionalmente por el fútbol. Puede que siga siendo importante, pero ya no lloraremos por las derrotas ni nos alegrara la semana el triunfo de nuestro equipo. Muchos hombres continúan viviendo el fútbol con esta pasión, pero pasado este punto me encuentro en condiciones de afirmar que estamos en presencia de una patología.
Sin embargo, encontrándome, como me encontraba, en la más tierna infancia, lejos estaba de sospechar estos futuros desarrollos. Si a esto sumamos que vivíamos en una pequeña ciudad del interior del país, entonces la posibilidad de ir a la cancha nos ponía a mi hermano y a mí en una posición de ventaja sobre nuestros amigos de la escuela. Con todo esto en mente, comenzamos una demoledora ofensiva sobre la resistencia de mi padre, a quién el fútbol le interesaba un rábano (?). Finalmente, y luego de varios días de asedio, nos anunció que el domingo iríamos a la cancha de Boca a ver el partido. En estado de completa excitación, pasamos los próximos días a la espera del domingo, en una actitud que debe haber estropeado las distintas actividades familiares de ese fin de semana. Cuando finalmente llegó el domingo a la tarde, nos dirigimos a la parada del 86 para hacer el viaje Once-La Boca. Tal vez sea importante señalar que en realidad, y pese a qué íbamos a La Bombonera, no veríamos un partido de Boca. En aquella época San Lorenzo no tenía cancha, y hacía las veces de local (?) en cancha de Boca, por lo que aquel domingo lo veríamos jugar contra Independiente. Si bien esto era un contratiempo, ni mi hermano ni yo dejaríamos que nos arruine la ida a la cancha y, a fuerza de ser justo, debo decir que a mi viejo no podría importarle menos quién jugara aquella tarde, por lo que nos dirigimos rumbo a La Bombonera como quién va a una fiesta, pero una fiesta de personas desconocidas. Sin embargo, una vez que dejamos atrás la Plaza de Mayo y la gente empezó a cantar dentro del colectivo, todas nuestras prevenciones quedaron atrás.
Mi viejo, preocupado por nuestra seguridad, sacó entradas en la platea media, del lado del local, en este caso San Lorenzo. Sacar las entradas nos llevó un tiempo considerable por lo que, típico en nosotros, llegamos tarde al inicio del partido. Medio a las corridas pasamos los controles y empezamos a subir las escaleras hasta las tribunas, escuchando todo el tiempo los cánticos de las hinchadas. Ahora bien, para aquellos que nunca hayan ido a una cancha de fútbol, deben saber que hasta el momento en que se accede a las tribunas se deben atravesar una serie de escaleras oscuras y mal ventiladas, donde los vahos de décadas de micciones masculinas resisten exitosamente el desalojo del aire puro (?). Y esto nos pone en el punto central del recuerdo de mi primer momento de plena alegría. A medida que atravesamos el infinito gris de las interminables escaleras, apurados por el inicio del partido, el encierro y la emoción de la gente; cuando finalmente completamos el último tramo de la escalera y salimos al aire libre, me shockeó (?) el más impresionante de todos los verdes, el césped de La Bombonera. La alegría me golpeó de una manera increíble. No fueron los gritos de las hinchadas, ni los goles (Independiente ganó 2 a 1); lo que más me impresionó fue el contraste entre el cemento del estadio y el color del campo de juego. Sé que debería estar hablando de las dotes técnicas de algún jugador, o del espectáculo de las hinchadas, pero bueno… nadie es perfecto. Para mí el fútbol fue una experiencia estética, y de alguna manera lo sigue siendo.
lunes, 20 de diciembre de 2010
Piden las paredes libertades.
No sé por qué, pero yo los tomaría en serio a los muchachos.
Quienes recorren diariamente las calles de la ciudad podrán haber notado que uno de los cambios más profundos que produjo la primera década del siglo XXI, ocurrió en esa forma de expresión ciudadana que son los grafitis. Lejos de haber desaparecido, los grafitis han ido transformándose para adquirir formas más artísticas y, curiosamente, menos originales.
Debo decir que cuando era un niño los grafitis cumplían la función principal de alertar a los vecinos sobre algún suceso, opción u oferta. Si a fulanito le gustaba fulanita, no tenía mejor idea que dejar que todo el barrio lo sepa mediante una pintada; si las elecciones se acercaban,los buenos jóvenes de tal o cual partido nos dejaban saber que el señor X era la conducción y que la señora ñ (la ñ para mí es femenina) se presenta como candidata al consejo escolar; ¿cuántas bandas de las que no hemos escuchado un tema conocemos por las voluntariosas pintadas de sus integrantes y seguidores (en este rubro creo que Trujamán´lleva una clara delantera)? Las pintadas y grafitis funcionaron como una forma de publicidad no tradicional, que resultaron efectivas sólo porque contradijeron el carácter efímero de los medios publicitarios.
Las pintadas perduran a través de las elecciones (juro que he visto en Pergamino una pintada del partido Conservador); permanecen aún cuando nuestros amores adolescentes tocan a su fin y pueden ser reconocidos cuando a todas esas bandas de barrio les llegó su Yoko Ono (?). Dada la perdurabilidad de las pintadas nunca entendí cómo a las empresas no se les ocurrió salir a pintar consignas con sus marcas, aunque me imagino que debe estar prohibido. Sin embargo, debemos decir que el grafiti no pudo competir contra los desarrollos tecnológicos y el generalizado berretismo del mundo. No es lo mismo salir a pintar “Luche y Vuelve” que “Alica Alicate”, por más esfuerzos que se pongan. En estos días de miedo al prójimo y televisión, es más efectivo pagar un spot publicitario que recurrir a una pintada en un espacio público del que muchos se niegan a participar. Por otra parte fotologs, msn, Facebook y todas esas redes sociales, han demostrado ser un punto de encuentro más efectivo para novios y banditas de rock que la pared del vecino de la esquina.
Sin embargo, y como hemos señalado, los grafitis no han desaparecido de nuestras ciudades, antes bien, diría que hay más que antes. Han mutado en su forma, remedando signos cuneiformes; han agregado color; perspectiva y efectos que los alejan del mero medio de comunicación y lo posiciona mucho más cercanos a disciplinas artísticas. Perdón, déjenme rectificarme, son en muchos casos obras de arte. No obstante lo dicho, algo hay en estos nuevos grafitis que no me convence. Cuándo uno ve una película filmada en Nueva York, o por caso en Río o en Ámsterdam, nota inmediatamente los mismos grafitis que se encuentran en nuestras ciudades. Algunos de ellos son bellísimos, otros menos, pero lentamente están convirtiendo los paisajes urbanos en uno sólo, en un gran grafiti global ininteligible que sirve de telón de fondo a nuestras vidas diarias. Todavía no decidí cuáles pintadas eran mejores, tampoco sé si hace falta tomar partido. Sólo puedo decir que dado que estaremos viéndolos por unos cuantos años, cuánto más lindos le salgan, mejor.

